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martes, febrero 07, 2006

Historias inconfesables. Y 2


Historias inconfesables 2

Una tarde hablé con mi hija. Le dije que había conocido a un hombre de los que te arrebatan el aliento, que no sabía por qué me tenía que pasar esto ahora. Sus ojos brillaron con entusiasmo y me pidió detalles. Por una vez, fuimos dos amigas contándonos nuestras cuitas de amores contrariados. No entendió mi dolor: ella pensaba que debía seguir el camino que mi corazón me indicaba. Al menos, eso es lo que ella haría. ¿Para qué empeñarse en repetir, un día y otro día, la misma rutina que nos llevaba a la naúsea más profunda?. Se ofreció para hablar con su padre. Ella, siempre tan resuelta, creía que con dos palabras se solventarían los problemas. Pero yo no quise. Hay cosas que no tienen remedio.

El alma tiene muchas recovecos y en ellos vamos almacenando las alegrías, las penas, los temores y los imposibles. Los vamos llenando de niebla y de tiempo hasta que ya no duelen, sólo laten con un agónico estertor de vez en cuando. Pero cerrar el corazón ya no es tan sencillo: está el dolor y la sensación de la muerte que se posa en la boca con la sequedad amarga de la ausencia . Y con ellos se nos van los únicos aliados posibles para encontrar todas las llaves que lo cierren.