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sábado, enero 23, 2010

VOLAR





VOLAR


El súbito temblor de tu mano en mi pecho
destruye los paréntesis de anteriores esperas.
Y tu voz, que se quiebra en el mínimo aliento,
se reduce a las sombras del instinto encendido.

Vuela tu voz de nieve entre mis ojos tímidos
y se adentra en la ciega mirada de la noche.
El páramo respira con su sangre esteparia
y se escapa la muerte entre tus labios jóvenes.

Duerme la tempestad, la salvaje tristeza
que arranca a dentelladas el sabor de tu carne.
Es la subida lenta, pero creciente incendio
de las llamas que barren la inquietud de los dedos.

El mundo es suficiente si se apoya en tu mano,
si me besa en tu boca la soledad del miedo,
si me deja que el gusto ardiente de tu piel
entre en todos mis poros como una sombra fácil.

La luz es un relámpago de pétalos de fuego,
que vive en tu mirada de quietud expectante.
Dame tu brazo fuerte para extirpar de golpe
todos estos rincones donde mueren mis sueños.



ASOMBRO

   ASOMBRO
No hay temblor.
Ni descanso.
El universo ruge con la impaciencia ciega
de los brazos que buscan su consuelo.
El velo de la noche se agarra a mi garganta
con el dolor esquivo de la certeza rota.
No hay descanso.
Ni asombro.
Esperaba tu risa contenida en la esquina
doblada de tus ojos.
Tengo la obligación de detenerme,
de contener tu paso,
y escuchar la enfermedad terrible del silencio.